LA HUERTA DE LOS DOS
Bajo el domo de la tarde
se escucha la vuelta de
los goznes de la tierra
y la incipiente primavera
va trayendo la canción
de tu mística presencia.
Ahora que vuelves vestida
de uvas dulces y te
posas pensativa, haciendo
reventar los geranios
y estirando los olivos.
Todas las acequias tienen
de tu agua y todos
los arroyos te conducen
a tu huerta de niña.
La tierra que era para ti,
para los dos y que no fue,
nos espera rechinando
con el sol y con la lluvia
del recuerdo celestial,
para ver florecer la enredadera
y morir de viejos
enverdeciéndose y secándose
dándole vueltas a la rueda de la vida.
LA SANTA
El sacerdote me dijo
cuando era niño,
que debería ser piadoso instrumento
para testificar la
aparición de una santa
en la sacristía del pueblo.
Que con esta mentira
la pobre parroquia despegaría
con el morbo y la bondad
de las intempestivas feligresías.
Yo acepté ser el elegido
de la santa porque con los
peregrinos vendrían los
juegos mecánicos y los algodones de azúcar.
El día en que ocurriría
la aparición, el sacerdote
se fue de la Iglesia castigado
temprano por el Obispo,
por andar organizando
revueltas de campesinos
y exigiendo precios mejores
para el frijol y el ixtle.
Comprendí entonces que
la infinita sabiduría de Dios
hizo imposible lo uno y lo otro
para no engañar a nadie
y que el mundo siguiera girando.