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LA MUJER QUE ME LLAMA

La mujer que me llama

se vuelve pensamiento y compañía

y frío y calor y rumor lejano

de la medianoche y todo este día…

Se vuelve sentimiento y obscuridad y luz

y música de lluvia en la ventana.

Se siente obsesión y desolación infinita

cuando no se le encuentra

y búsqueda ciega atropellando las distancias,

los recuerdos, los insomnios, los ayeres.

La mujer que hoy extraño

sale en todos los libros, en los diarios semanales,

en las revistas de modas y en las fechas de mi agenda de deberes.

Me sabe al café secreto de las madrugadas,

a las voces pequeñas

con el apellido que suele nombrarme.

A las canciones que canta y a la ropa

que se viste y al perfume que se pone

y a las cosas pequeñas con las que

siempre me seduce.

A todo lo que hace por mí

sabiéndose mi cómplice, mi amor,

mi amiga y compañera.

Ella me sabe a la copa que se bebe

sabiéndose amada, deseada, necesitada, comprendida.

Me sabe a las guitarras de todos los tríos,

a los bailes de algunos fines de semana,

al juego de los domingos, a su orgullo,

a su ternura, a su inmenso amor por la vida

que me contagia cuando entrecierra su mirada

y sonriendo me anima.

Casi siempre me ha sabido a tentación, a cercanía.

Otras veces me ha sabido a despedida,

a un poco de tristeza y la he sentido lejana

y confieso no sabía que se encontraba preparando

reconciliaciones en las que en un segundo

me moriría y renacería.

A todo ello me sabe ella,

a todo lo que me gusta y

a todo lo que hoy no entiendo

cómo se me fue una parte de la vida

sin beberme a ella, sin respirarla,

sin comerla, sin tenerla,

sin sentirla, sin gustarla, sin quererla

Matehuala, S.L.P. invierno Enero 2003

Cafetería Nuevo San Ángel.

UNA LLUVIA EN


EL PUEBLO

Son lágrimas dulces, en la estepa seca

y sonrisas grandes las piedras lavadas,

en la lluvia que mata el sopor de la tarde.

El humo parduzco en cazo de cobre,

los minutos húmedos en casas de adobe.

Música de olvido en pasadas épocas…

Los higos maduros en ramas caducas,

arcilla mojada, perfume de tierra

y flores pequeñas como la existencia.

Algarada de perros y becerros tiernos,

canto de cigarras en árboles escuetos.

Goteras cantando las viejas maderas…

La música de agua sobre las cabezas

de niños corriendo por la callejuela.

El río soñoliento que callado espera,

espinas de un año flotando en silencio.

El desierto llovido la sublime tregua,

de la tierra y el agua en cansado idilio

con el milagro de ser correspondido.