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AMERICA

Yo canto a la valiente alegría

de los pueblos de la América,

como cantan las aves

su inmensa libertad que asombra.

Yo traigo prendido en las palabras

el sueño de Bolívar, de Martí

de Sucre, Santander y de Miguel Hidalgo.

Hablo en esta hora

por tantos jóvenes que se callaron,

por el sueño y la hermandad latina,

por los que construyeron las naciones

que ahora nos hermanan.

Canto a los bosques y montañas

y los barrios siempre nuevos

de este lado del Atlántico,

el océano que ya no nos divide

sino que besa las arenas

de los mundos multiformes

que se tocan para siempre.

Canto a las mujeres de mi tierra

con sus ojos negros y

sus cuentas de colores.

Al generoso espíritu de los cazadores

del río Hurón y el Amazonas.

Canto con toda la esperanza

para los que forjaron sus sueños

del algodón del Missisipi o la Laguna.

Al Obrero de Arkansas

y al guardabosques canadiense,

al pequeño campesino mexicano

que constantemente se pregunta

que habrá tras de la bruma gris

de los potreros y la sierra.

Para los niños de todas las playas

con su destino en artífices marinos.

A los ojos de los niños centroamericanos

tras las rendijas de sus puertas.

Para la bella joven de Paramaribo

con su cesta de peces y mariscos

A las barcazas jaguar

en la panorámica azul del río Usumacinta

y más allá del grandioso reino del Mayab.

Para el hombre de la América,

para el hombre cruza de águilas y leones,

que dominó los ríos, domó los potros

y construyó sus puentes y calzadas

donde siguen caminando sus pasos decididos.

Canto al pampero, al amazónico, al esquimal

que vence la soledad en el hielo de los polos.

Al cóndor peruano en las cumbres del Aconagua,

A la paz de los brazos abiertos

del hombre de Río de Janeiro,

Al pacífico chileno y a los

sembradores de Honduras.

A los que construyeron el canal de Panamá,

las pirámides Aztecas y la ciudad

en el cielo de Bolivia y Machu Pichu.

Canto para que nunca duerman

los sueños libres de mi América,

los que se hacen perenes en las horas siderales,

se hacen estrellas en las luces de sus noches,

cintilan amor, centella y poesía,

se esparcen en sus rocas, en sus lagos,

en sus selvas, en sus casas incipientes

en los caminos y ciudades virreinales,

en las centurias conquistadas que se fueron,

en el futuro luminoso que no ha llegado

y que eternamente seguimos presintiendo.

Dejemos ahora amigas y amigos de esta hermosa tierra,

que vuelen los sueños, que se encienda la vida,

que nuestros ojos no lloren lo perdido,

que ruede la tierra de nuestra joven América.

Dejemos que todas las sonrisas se renueven,

que se llenen de luz nuestros recuerdos buenos,

que muera para siempre la nostalgia de la casa

porque toda nuestra casa es América bendita.

Que se quemen rencores y sueños no cumplidos,

Que de las cenizas resurjan banderas y águilas

para que turben el sueño de este niño

que duerme hoy, sereno entre la paja.


San Juan de Guadalupe Dgo. 1979.(Para un concurso de Poesía).

ODA A LA BENEMERITA Y


CENTENARIA ESCUELA


NORMAL DEL ESTADO DE S.L.P.

Gratitud, Gratitud.

Afuera los jardines

floreciendo eternamente y aquí dentro

el murmullo suave de tus hijos

que los años cortan de repente

pero que nunca desvanecen.

¡Loa a los hombres y

mujeres de la Centenaria!

A los que vinieron a templar su juventud

en el canto de las sílabas y la aventura pedagógica

para dar cauce a la vida en cada pedazo

de la palabra gratitud.

La verdad no éramos tan grandes

como nos sentíamos aquí en la escuela.

Ahora que nos ha llegado el tiempo

de pretender saber quienes somos

y los sueños nos golpean con el recuerdo

de nuestra existencia navegando

desde todas las ágoras,

hasta el sermón de la montaña.

Cosas, con las que a menudo

no estábamos de acuerdo

pero ¿cuánto diéramos ahora,

por vivirlas nuevamente?

Desde estos otros días

desde estos otros alfabetos,

desde lo que hemos aprendido

de la vida para poder nombrarte

ahora benemérita maestra.

¿Cuántos años nos quitamos?

por las tardes de lluvia

en el suave olor de la cantera,

por las noches de farolas

y los zapatos lustrosos

de nuestras juventudes pasajeras.

¡Salud ahora! Compañeros profesores,

por haber entendido de nuestra Normal

que nunca nadie iba a darnos

nuestra propia libertad y estima

sino que era un regalo

que debíamos darnos nosotros mismos.

Hoy que seguimos caminando

como hormigas pequeñas en el cosmos,

nos impulsa la fuerza que nos dimos

al saber que todo fue bonito y luminoso,

que las letras eran flourescentes

y juegan desde los ayeres

los recuerdos infintos

de los ángeles azules

que iluminaban los adoquines

con sus pasos como reinas

de una vieja escuela,

donde hasta la sopa más ordinaria

era de rosas.

Gratitud ahora a los que

vienen naciendo para nuestra escuela

y también a los que no alcanzaron

a ver hoy esta luz y esta asamblea.

Cantemos hoy a la valiente alegría

de los profesores normalistas

que levantaban barricadas

con libros y amenazas de huelgas.

A los profesores que se consumaron

y a los que dejaron de serlo.

A los que encontraron el amor

que conservaron o perdieron.

Cantemos hoy a las generaciones

de todos los tiempos,

de todas las edades

que aprendieron en la escuela.

A nuestros hombres cafés

del altiplano y Rioverde.

A nuestras eternas musas,

amigas que traían un poco

del ruido del golfo en la Huasteca.

A los que hoy se mueren un poquito,

dulcemente evocando una rondalla

Te acordarás de mi, toda la vida…”

Señor, tu que enseñaste, perdona que yo enseñe…”

Porque todos los milagros son posibles

un día ocurrió el de nosotros

y fuimos parte de los profesores nuevos

y entre el himno de las juventudes normalistas

tuvimos que dejar a nuestra escuela

que vive en todos los espacios del recuerdo.

A la que se nos queda siempre viva

entre las fábricas, hospitales y turbinas

y alcanzábamos a evocar

desde los caminos del monte y de la sierra

disfrutando del permiso

de ser nosotros mismos.

Donde nuestra oración del huerto

era “Aliéntame y jamás te olvidaré”.

Ayúdame a recordar que hoy,

no pasará nada que la fuerza que me diste,

no pueda superar”.

Porque luego fue una vida nueva

construyendo la pequeña escuela

con las mismas manos

que jugaban volibol y acariciaban las tuyas.

Era un salón d sillares y viguetas

de cuando había encinos por allí cerca,

una campana fría que tocaba sinfonías.

Era una maestra joven que miraba al cielo

levantando la vista más arriba

de la recién pintada asta de bandera.

Era un joven normalista, ahora maestro

caminando por veredas y caminos

que un buen día llegarán al cielo,

trazados con líneas de los mismos gises

que nos dibujaron el alma y el destino.

Por ello ahora, maestros potosinos

en esta hora sideral de la experiencia

borremos los años y las tempestades,

aflojemos los músculos del pensamiento

dejemos que a salud de nuestra escuela

cintilen el ansia por lo maravilloso

y la alegría inherente por el juego de la vida.

¡Hay que reír ahora que la risa es oportuna!

Hay que llorar cuando las lágrimas sean necesarias.

Mantengamos el entusiasmo en el presente

sigamos tan vivos como sigue nuestra escuela

¡Ayúdame mi Centenaria Escuela!

a llegar al final feliz y luminoso,

orgulloso y grande y a seguir dejando

un mucho de alfabeto en nuestras gentes venideras,

un poco de plegaria en los que vamos quedando,

un recuerdo en la antorcha que nunca se consume

y una rosa en el escudo de San Luis.



Invierno de 1998.