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EL AVIADOR

Juan Balbontín

hizo un avión.

Lo fabricó sin ayuda de nadie,

cuando nadie imaginó

que mucho tiempo después existirían.

Cuando pudo volar,

divisó a las muchachas en los ríos,

las manchas de cobre de

las sierras y las olas de espigas

jugando en las llanuras.

Fue el primero en sentir

el aire del cielo en su bufanda;

en reflejar la estrella en

sus anteojos de aviador.

Juan Balbontín olvidó

como poner el aparejo del regreso.

Enfiló rumbo a Dios,

porque quizás allá no pensarían

que estaba loco

o porque entendió que todos

los inventores, poetas y locos

aviadores tiene su pase seguro

en el reino de los cielos.

LA LAGUNA

El río Nazas sueña

con las ruedas del barco

moviendo las olas

rumbo a la fiesta del algodón.

El esqueleto del barco

extraña las manos de las muchachas

en las barandillas de estribor

cuando salían a observar

la danza de los bagres

en la música del agua.

El marinero del río

observa las campiñas sembradas

mientras la vida se reparte

en los canalones y acequias

para crecer todas las uvas.

Los regadores salen del puerto

sabiendo que solo el trabajo

puede vencer la inmensidad de la tierra.

¿qué es la tenacidad?

Así se le nombra aquí

a la capacidad de echar

las raíces en el barranco

y machacar los sueños

hasta que nazcan sandías

¿qué son las pisadas en el barro?

Sino la firma de la decisión,

el espíritu inquebrantable del azada

donde el monte es desafío.

La laguna es una red cargada de sueños

es playa y mar con horizonte de sierra.

Nuestro camino está señalado

por sauces, álamos y palmeras,

a veces torcido como el

pinabete rumbo al estanque.

Es luminoso como la hondonada

con el amanecer apurando

el melón y las flores;

tan impredecible y fuerte

como las lluvias ocasionales.

Somos laguneros porque aquí

nos tocó nuestro tiempo.

Nosotros no la buscamos;

la tierra nos eligió

porque tenemos la fortaleza

para reparar el esqueleto del barco

y navegar triunfantes surcando

los llanos y los remolinos.

Somos laguneros, sembradores y dueños

del anzuelo de la fé

la misma que mueve montañas

y enverdece desiertos.

Hay que tener siempre lista la pala

están por llegar los días

que las tolvaneras de arena

serán polvo de oro,

no habrá campo que no sea verde

y entre la estela de nuestro barco

las redes del nuevo tiempo

pescarán a las águilas.


(Un buen pedazo de eternidad, formado en un banco en San Luis Potosí, en el mes de mayo de 2008)