RENOVACION
Duele el desierto
De tanto verte la mirada.
El aire mercurial
Juega a las olas
Con tu sombra
Sola.
Tu corazón es bueno
Pero es equivocado.
Has construido huellas
Donde no hay caminos
Vuelve.
Deja que el agua de tu
Alegría le cueste a mi huerta.
Habrá una fiesta bajo el roble
Y tú, la invitada principal
Sacudida de la arena del olvido
Cantarás la canción de los naranjos
Reverdeciendo por sentirte amada.
Quédate.
LOS PINABETES
Frente a las puertas de mi casa
había nueve pinabetes.
El abuelo y mi padre
los plantaron en el año del 32.
Lo mismo servían de sombra,
de selva de juegos, de escondite
y de refugio de enamorados.
Lo mismo servían de compañeros
tras la parranda del baile
que de paradero de lechuzas
y abanico de vientos nocturnos.
Mi padre dijo que él se acabaría
el mismo día que los pinabetes.
Un día enfermó y se fue a la ciudad
en una esperanzada búsqueda
de salud y consuelo.
Cuando volvió a San Juan
los pinabetes ya no estaban…
Descansó su bolsa y enseguida
pensó que era un espíritu,
que entonces había muerto.
Que la calle sin ramas
no era el infierno ni el paraíso
sino más bien el sitio preciso
donde nacía la desolación.
Mi padre lloró por sus árboles
y yo me sentí confundido
porque ni siquiera lo hizo por mí
cuando tuve que irme a estudiar.
Creí que yo merecía
un adiós más sentido
que la leña tirada de
nueve cadavéricos árboles.
Afortunadamente los pinabetes
ya se volvieron tierra y basura
y mi padre superó el maleficio
de morirse junto con ellos.
Todos los días cortan
miles de pinos en los bosques,
Pero los nuestros valían más
por haberse aferrado al desierto.
Se oponían a la modernidad.
Se atravesaban al futuro.
La calle está sola, pavimentada,
Ya no tiene nidos, ni novios
Viva el progreso.
San Juan de Guadalupe Dgo. Agosto de 2008.