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RELATOS DE SAN JUAN DE GUADALUPE, DURANGO
MTRO.  LAURO GUADALUPE RAMIREZ ADAME

EL ZARCO, EL PIPIS Y CHON CALZON.

Hoy me disculparán los prohombres de San Juan. Aquellos personajes que por su trayectoria de vida merecen estar en un lugar especial en la memoria del municipio. Nuestro pueblo produce tantos personajes de gran fuerza; creadores, líderes, gente emprendedora como Don Carlos Galván o Don Pablo Armas; Bernardo Saldaña y Felipe Rodríguez; personajes de sensibilidad social como Blas Hernández, Arturo Orona, Antonio Adame, Raymundo Enríquez o grandes políticos como Elpidio G. Velázquez, Ismael Salas, Ulises Adame, Samuel Aguilar, Lorenzo Martínez ; funcionarios de nivel como Cuauhtémoc Armas y varios más.

Hoy no voy a referirme a alguno de ellos. Trataré de platicarles ahora de los humildes. De los más pobres entre los pobres, de los que se convirtieron en personajes, no por la magnificencia de sus obras sino por la cotidianidad de sus acciones sencillas, por los que durante muchos años aparecieron en las calles de nuestro pueblo como parte infaltable del mismo; como la estampa sanjuanense inocente, llena de anécdotas, de alegrías y tristezas. Una gente que se fue apagando con los años y que hace tiempo se fue como tantas cosas y personas que de nuestro pueblo se han ido dejando una huella que trataremos que no se borre con el olvido.

Hablaré ahora de El Zarco, el Pipis y Chon Calzón como personas cuya riqueza espiritual superó con mucho a la riqueza monetaria, cada uno con características diferentes, pero unidos por el destino común de hacer que nuestro pueblo no sea el mismo sin ellos, sin la estampa que representaron. Fueron personajes de adobe a los que los vientos de la existencia erosionaron y al fin acabaron, como es natural que algún día acabaremos todos y que ojalá merezcamos vivir en el recuerdo de aquellos que nos apreciaron.

El primero se llamó JOSE NATIVIDAD ORTIZ SEGURA, fue hijo de un estimado comerciante de San Juan llamado Tomás Ortiz, que tenía un local con el giro de dulcería en el Parián, le llamaron “EL ZARCO” por el color inusitado de sus ojos. A temprana edad se dedicaba a hacer mandados los locatarios del Mercado, a descargar mercancías y a toda clase de encargos desde llevar cartas, espantar burros, entregar borrachines en sus casas, recolectar tunas y pitayas, ir al monte por gobernadora para los mingitorios de cantinas y billares, y estar al servicio del pueblo para toda clase de trabajos que se ofrecieran.

Famosa es su frase “Me las tomo frías y me caliento”, en referencia a las cervezas heladas que una vez ingeridas mitigaban el frío de los Diciembres de San Juan. No se concibe la Calle Bronce o la Marfil sin el andar del Zarco, sin sus cantos de la madrugada, sin sus travesuras, sin sus pleitos y su desparpajada actitud para criticar a las autoridades en turno. El zarco nunca dejó de ser niño, porque los niños muchas veces lo tomaron como un compañero de juego más y lo revolcaron sin importar su saco raído y su sombrero. El se dejaba querer y hasta un poco de violencia era muestra de cariño. El zarco no faltaba a velorio alguno, ayudaba en los difíciles trances del panteón, acarreaba el hielo para las cervezas en el beisbol, hacia travesuras en el mercado y en las cantinas y peleaba a grito abierto con las mujeres que venían de misa o del molino, pero como ya le conocían su carácter pícaro sabían, que estos pleitos eran fingidos, ligeros y divertidos. Algo para pasar el rato.

Un día 12 de Diciembre, en una festividad del pueblo se realizó el juego del palo encebado. Al Zarco le tocó ser el de arriba. Entre todos los participantes lo alzaron hasta alcanzar los ansiados premios. Sin ningún interés ni envidia arrojó a la muchedumbre casi todos los trofeos; desde una bicicleta, cuatro camisas, dos pantalones, cinco pares de calzado, cuatro guantes de beisbol, dos sombreros, una arpilla de naranjas. Bueno casi todos los premios porque atesoró con verdadera euforia un litro de sotol, mismo que aferró cuando se vino resbalando por el palo encebado. Abajo al fin la muchedumbre pretendió arrebatárselo, a lo que el Zarco defendió con uñas y dientes, patadas y maldiciones y por más que le hicieron bola no pudieron quitarle la botella; en un suspiro nuestro personaje cruzó la plaza y entró corriendo a la Iglesia protegiendo su más preciado tesoro, se sentó junto al sacerdote y allí permaneció toda la misa resguardando su premio mientras algunos muchachos traviesos aguantaron en la puerta solamente hasta la homilía. El Zarco se acercó un poco a Dios y de paso ganó una resaca santificada.

El Zarco murió en la segunda mitad de la década de los setentas. Un funeral y un cortejo al que asistió todo el pueblo y entre los cargadores de su ataúd se encontraba el Presidente Municipal como símbolo del aprecio que la población le reconoció en su despedida de las pasiones terrenales.

El segundo se llamó PEDRO ORTIZ SEGURA, en sus primeros tiempos fue un joven bien portado. Ayudante en la dulcería, bueno para hacer cuentas y aficionado a la lectura y a los asuntos de la Jurisprudencia, tanto que llegó a ser el primer auxiliar en el Juzgado Regional de San Juan de Guadalupe, mas bien el responsable pues es harto conocido que en estos cargos, como en otros de importancia, el titular nunca se le encuentra y es el secretario quien le hace frente a los negocios de impartición de la ley.

Transcurría la vida de Pedro, con relativa tranquilidad y armonía, pero su vida personal comenzó a descomponerse según se afirma cuando le dieron a probar una droga que no era conocida como ahora en nuestro pueblo. Su organismo era débil y no resistió mucho, empezó a cambiarle el carácter y a tornarse agresivo, tanto así que un día obligó a su padre a pasar por el difícil trance de solicitar apoyo de la autoridad para someterlo.

Estando en la cárcel, ocurrió un suicidio junto al puente de fierro. A Pedro le ofrecieron darle su libertad a cambio de ir a descolgar el cadáver de un ahorcado. Así lo hizo y subió por una escalera hasta la mortífera rama y al deshacer el nudo, debido a la presión del aire acumulado en el cuerpo; el difunto emitió un ruido gutural, como un gemido. Al escucharlo Pedro cayó al suelo y corrió despavorido por las calles ahora sí, perdiendo la razón para siempre y cayendo en un estado de inocencia total. El joven aunque recuperó su libertad perdió la conciencia, la razón, los recuerdos y así vivió hasta el final de sus días.

A veces tenía lagunas de lucidez, y platicaba palabras en Inglés o las tablas de multiplicar o recitaba preceptos jurídicos sobre la propiedad de la tierra; los niños le preguntaban su nombre y él respondía…”My name is Petter”. El nombre se entendía como “Pipis” por lo que la chiquillería le bautizó con este nombre.

Vivió muchos años, en un estado de letargo que no hacía daño a nadie, sus últimos tiempos fueron en una ruina de la calle Palomar, atrás de los depósitos de desechos minerales. Cuando murió dicen que fue de envenenamiento. Pero más bien se fue apagando poco a poco sin saber que el peor veneno puede ser la indiferencia social, la falta de caridad o simplemente el olvido.

De Chon Calzón, hay que platicar sobre su temeridad para enfrentarse a medio mundo. Su caminar en las calles era armando tremolinas, asustando a los niños y provocando que a su paso los más chicos corrieran a esconderse. Pero no era una carrera de susto sino más bien de diversión. Muchos eran crueles con él al arrojarle piedras y toda clase de objetos. Le habían vuelto peleonero a fuerza de provocarle con el gito…¡Choooonnn calzón….Dame la feria por un tostóoooooon! A lo que él respondía con sendas pedradas dejando de lado las bolsas de enseres que siempre cargaba.

Un día siendo niño, me senté a platicar con él en la banqueta de la Iglesia; mis compañeros de escuela pasaban asustados y asombrados de no tener agresión alguna. Chon me platicó de sus tiempos de joven, de un amor imposible, de los que más le agredían y de la cacería de un venado hacía cuarenta años y para probarlo sacó de sus pertenencias una pata momificada con la pezuña reluciente a fuerza de pulirla. Al preguntarle sobre la brillantez me dijo- Lo hago para tener buena suerte y que la gente ya no me grite ni me arroje cosas.- Me quedé callado y un día le prometí escribirlo.



SAN JUAN DE GUADALUPE DURANGO. AGOSTO DE 2009

MTRO. LAURO GUADALUPE RAMIREZ ADAME

FUENTES:

Exposición Oral CC. Jesús Acosta Adame, Manuel Flores Delgadillo, Felipe Cázares, Sabino Ramírez Ochoa y María Elena Adame de Ramírez.