Fue en el año de 1930, el invierno se había adelantado con las primeras aguasnieves en los chaparrales y el pueblo de San Juan de Guadalupe aún no se reponía de los sucesos del año anterior, cuando se llevaron preso a su sacerdote por causa del conflicto religioso, el gran asalto a todos los comercios, la muerte de Don Cruz Enríquez y de Don José Rodríguez, el asesinato del líder agrarista Juan Ramírez y los ahorcados del panteón, el asesinato de Don Benjamín García el 22 de Mayo, el fallecimiento de Don Jesús Mestas en Torreón y también buenas noticias como la instalación de los primeros focos de luz eléctrica en casas particulares de la cabecera municipal.
El día 3 de Diciembre, amaneció nublado engañoso, porque como a las once, el sol se desparramó débilmente en los lomeríos y en los barrios; los talleres de jarcia llevaban a esa hora un buen adelanto de sus tareas y la vida estaba transcurriendo apacible cuando en el camino viejo a la Estación de Symón en su entrada al Barrio del Hule, donde comienza la calle San Felipe se escuchó un grito desgarrador, un llanto desesperado como un aullido pleno de dolor; un presagio de que algo grave había sucedido en las afueras del pueblo.
El doliente era un personaje apreciado y ampliamente conocido en San Juan; era el esposo ahora viudo de Sarita de Kabandé, una mujer de extraordinaria belleza originaria de la Laguna que fue a terminar sus días un aciago día de Diciembre en el paraje sanjuanense conocido como Los Puertecitos.
Toda le gente del Barrio del Hule salió de sus casas, sorprendida de ver al viudo bajando de su automóvil y dando gritos estremecedores, revolcándose de dolor en la calle; como era una persona apreciada le detuvieron y trataron de consolarle y entonces entre sus llantos les refirió la siguiente historia:
“…Nosotros nos queríamos tanto. Sarita mi amada esposa y yo nos dirigíamos a Symón en nuestro automóvil, para tomar el tren hacia Torréon donde pasaríamos las navidades con su familia, cuando al entrar a los terrenos del barreal una partida de asaltantes nos sorprendió atravesando un grueso tronco en el camino. Yo me apresuré a defender a mi esposa y al hacerles frente fui inmovilizado porque eran muchos; mi esposa Sarita trató de ayudarme y fue golpeada y ahorcada por los bandidos. ¡Ay Dios mío! Ahora ella está muerta en el asiento trasero y yo vengo aquí muriendo de dolor suplicando su ayuda…”
La gente conmovida le consoló, lo arroparon con una cobija y en grupo le acompañaron hasta la Presidencia Municipal para denunciar aquel terrible asesinato. Una partida de gendarmes ayudó a bajar el cadáver de Sarita Kabandé, que parecía una princesa dormida, una hermosa mujer joven que terminó sus días en el camino y que mereció un sentido funeral al que concurrió toda la población y que hizo que los siguientes días permanecieran grises y opacos.
Los padres de Sarita eran ricos comerciantes de Torreón y vinieron con toda su familia para estar en el sepelio; el viudo estuvo dos días llorando a mares en un rincón de la casa y en el acto del panteón se desgarró las vestiduras clamando al cielo, maldiciendo la tragedia, exigiendo justicia mientras se arrojaba la tierra que cubriría el ataúd.
Tantas exageradas muestras de dolor, levantaron la sospecha de los padres de Sarita, quienes estaban muy relacionados con las autoridades de Durango y de la Laguna, por lo que al siguiente día, un grupo de detectives llegaron de Torreón para iniciar las averiguaciones.
Hicieron la reconstrucción de los hechos junto a los puertecitos donde el viudo afirmó que había ocurrido el asalto; como en ese tiempo había muy pocos automóviles en San Juan, fue sencillo descubrir las huellas de las rodadas y su trayectoria que más bien venían de Symón hacia San Juan, como si se hubieran detenido y luego echado reversa en un punto donde no había una sola huella fresca de los caballos de los asaltantes; el tronco con el que supuestamente bloquearon el camino nunca fue encontrado y los padres de Sarita tenían en antecedente de que su hija era golpeada constantemente por su esposo.
Ante tantas evidencias, al viudo no le quedó más que confesar su culpabilidad en el crimen. Sarita tenía un capital que él había estado dilapidando y ambos tenían un seguro de vida en Torreón por varios millones, cobrable a la muerte de uno de los dos, por lo que ideó su plan para asesinarla y quedarse con este dinero.
Hoy Sarita de Kabandé de quien se dice que fue la mujer más hermosa que llegó a vivir en nuestro desierto, yace durmiendo plácidamente en el panteón de nuestro pueblo, en una tumba de cierto señorío que ya casi nadie visita, pero hace muchos años escuché que quien vaya y le deje flores y le pida con devoción tendrá un noviazgo o un matrimonio feliz, hace algún tiempo las muchachas casaderas tenían esta costumbre, pero hoy Sarita la bella Kabandé luce sola, quizás esperando una flor más para hacer bienaventurada a una pareja de San Juan de Guadalupe.
San Juan de Guadalupe Dgo. Marzo de 2009.
MTRO. LAURO GUADALUPE RAMIREZ ADAME.
FUENTES: “Diario de Mamá Petrita” Universidad Juárez del Estado de Durango” Pag. 310
Exposición Oral: Sr. Manuel Flores Delgadillo
San Juan de Guadalupe Dgo.